Era hora de marcharse, aquella habitación no podía retenerme
más.
Las manecillas del reloj no iban a tomarse un descanso y ya
metían prisa a mis escurridizos pensamientos que no hacían más que posarse en
cada rincón.
Esos cristales de la ventana, empañados invierno tras
invierno, en los cuales uno podía esbozar cada ilusión de la infancia y cada
silueta fugaz que escapa a ojos ajenos. Ese espejo que narró con sutileza el
paso de unas mejillas suaves y sonrojadas a unos pómulos ásperos y curtidos.
Puede que aquellas cuatro paredes hubieran sido las mejores
confidentes conocidas jamás.
Nunca devolvieron un reproche, ni siquiera mostraron
un ceño fruncido ante las acometidas de unos nudillos furiosos.
Cuando la
melancolía me dio un respiro me dirigí hacia la puerta, giré el pomo y entonces
creí que sería suficiente, pero me equivocaba. Miré atrás y la lágrima más amarga se
escurrió por la mejilla hasta morir en mi boca.
Logré salir de allí, probablemente más de mi mitad yació
atada a aquella vivienda.
El crepúsculo comenzaba a apagar el sendero que conducía
hasta las vías del tren. Los últimos rayos del sol teñían las copas de los
árboles con tonos naranjas que parecían prender las hojas.
Poco podía hallar
tras mi sombra, así que no volví a mirar atrás.
En ese momento los pasos sólo tenían una dirección posible.
En la estación todo olía distinto. Todo sabía a lejanía, el
aire se percibía mucho más cargado, o tal vez el estrés se apoderó de mí. Con la llegada del tren, sentí que mi corazón se estremecía al pensar en todo lo que estaba dejando atrás. Otra pequeña parte de mi murió con ese tren entrando en la estación.
Y ahora, llegó la hora de
subir.
Hacia dónde, hasta cuándo… esa decisión ya fue tomada en el momento en
el que compré el billete.
Ahora únicamente se trataba de afrontar aquel “sólo ida, por
favor”.
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