miércoles, 18 de diciembre de 2013

Sólo ida, por favor.

Era hora de marcharse, aquella habitación no podía retenerme más.

Las manecillas del reloj no iban a tomarse un descanso y ya metían prisa a mis escurridizos pensamientos que no hacían más que posarse en cada rincón.

Esos cristales de la ventana, empañados invierno tras invierno, en los cuales uno podía esbozar cada ilusión de la infancia y cada silueta fugaz que escapa a ojos ajenos. Ese espejo que narró con sutileza el paso de unas mejillas suaves y sonrojadas a unos pómulos ásperos y curtidos.

Puede que aquellas cuatro paredes hubieran sido las mejores confidentes conocidas jamás.
Nunca devolvieron un reproche, ni siquiera mostraron un ceño fruncido ante las acometidas de unos nudillos furiosos. 

Cuando la melancolía me dio un respiro me dirigí hacia la puerta, giré el pomo y entonces creí que sería suficiente, pero me equivocaba. Miré atrás y la lágrima más amarga se escurrió por la mejilla hasta morir en mi boca.

Logré salir de allí, probablemente más de mi mitad yació atada a aquella vivienda.

El crepúsculo comenzaba a apagar el sendero que conducía hasta las vías del tren. Los últimos rayos del sol teñían las copas de los árboles con tonos naranjas que parecían prender las hojas. 

Poco podía hallar tras mi sombra, así que no volví a mirar atrás.  
En ese momento los pasos sólo tenían una dirección posible.

En la estación todo olía distinto. Todo sabía a lejanía, el aire se percibía mucho más cargado, o tal vez el estrés se apoderó de mí. Con la llegada del tren, sentí que mi corazón se estremecía al pensar en todo lo que estaba dejando atrás. Otra pequeña parte de mi murió con ese tren entrando en la estación.

Y ahora, llegó la hora de subir. 
Hacia dónde, hasta cuándo… esa decisión ya fue tomada en el momento en el que compré el billete.


Ahora únicamente se trataba de afrontar aquel “sólo ida, por favor”.


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