lunes, 30 de diciembre de 2013

Ciudad eterna.

Zapatos de piel empapados por el invierno de Madrid.
Camina sobre aceras besadas, por las lágrimas de una tarde de diciembre.
No precisa levantar la mirada, está cómodo ahí abajo,
con el sonido de las gotas bailando en el reflejo de sus pupilas.

Teme ver el mundo y que el mundo le vea a él.
Continúa calle abajo, el termómetro se desnuda,
a la par que el encapotado techo de la ciudad comienza a ser tomado
por el naranja inflamado por los últimos rayos del sol.

En su mente danzan las dudas: “¿qué hago yo aquí?”.
Le inunda la melancolía de su Madrid, de ella.
Recuerdos de su dulce amor perdido golpean crueles en sus pensamientos.

Sus latidos se desbordan, palpita en él la banda sonora de la ciudad.
Cóctel de violines callejeros y gritos.
Posa sus ojos en la gente, algunos devuelven el gesto,
otros andan inmersos en su triste realidad.

Mira con desprecio a toda pareja envuelta en su torbellino de amor.
Traza la vista al suelo como elevándose de la fría acera.
Semillas de locura que atormentan la cabeza de ese Madrid oscuro
de la ciudad eterna que solo vive cuando los demás mueren.

El ruido de sus zapatos en el suelo
narra la historia de su vida a modo de elegía.

A solas en la madrugada, cuando las mentiras no pueden engañar
triunfa la verdad del perdedor. Perdí el combate, bese la lona
el hombre camina solo sin las dulces pero hirientes mentiras. 

Llora a pesar del frío, o tal vez gracias a él, siente algo.
Despunta el día y vuelve el ruido, sale el sol
miles de persianas rompen el silencio.
Una sirena se oye a lo lejos, su sonido lleva una historia
que solo ella conoce. Mientras sigue caminando,
hacia un destino que tal vez ya no existe.

Sin darme cuenta he llegado a mi destino.
Me asomo al balcón, e inmóvil contemplo el horizonte.
El sol se asoma lo lejos, la neblina lo mancha haciéndolo
tenebrosamente bello. 

Enciendo el último cigarro, y con el humo se va mi alma.





















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