Las mañanas recobrarán ese sabor a café aromático que humeante penetra en el olfato como una inyección de vigor, mientras tu mirada se disipa en la taza tratando de prever un día que, salvo excepción, poco traerá de especial. El reloj marca el ritmo, los segundos aprietan, los pulsos se desbordan, las miradas perdidas, pendientes únicamente del próximo paso de cebra.
Verde o rojo. Cruzar o esperar. Autómatas con la tarea programada, con la ruta calculada.
La ciudad al son del invierno que zarandea las bufandas y enfría los latidos. Cascos al oído, difuminando esa realidad que se debate entre el silencio de los labios y el jolgorio de las aceras. Mochila a la espalda, sin mayor carga que la incertidumbre de haber acertado en el contenido, ante un futuro incierto que se advierte más oscuro que alentador.
Chocan los intereses, discuten a través del pabellón auditivo la voluntad y el deber, mientras el mundo se torna cada vez más complejo y menos eficaz para dar pinceladas en el lienzo de las ilusiones.
Uno se pregunta muchas veces si el camino tomado es el adecuado, el pactado durante toda una infancia con la almohada. Hoy no queda más remedio que mirar al suelo, asegurar cada paso y no tropezar tratando de vislumbrar la meta de una carrera que se antoja complicada.
Derramo estas reflexiones una y otra vez casi sin quererlo sobre la ventana del autobús, dejando que se pierdan allí donde se pierde la mirada, entre la claridad del amanecer y la resaca de la noche.
Se derretirá la nieve, se sucederán las estaciones y seguirán en mí las dudas, sin más consuelo que el de poner todo el ímpetu que queda en cada despertar, para abrirse paso ante los empujones que vienen.
No será fácil, pero si lo fuera no tendría gracia.


