Llueve.
Desde mi ventana contemplo el mar en calma; el horizonte sobre sus aguas plateadas se confunde y se esconde a la vista; lejana, una bruma se vislumbra húmeda y viscosa, llena de saladas lágrimas congeladas; el vaho de mi aliento sobre el cristal ha empañado en tupido velo un dulce nombre escrito con las yemas de mis dedos
movidos por impulso del recuerdo.
Y me viene a la memoria otro día de lluvia, donde no había ausencia, sino un mágico sentimiento al llevarme de la mano por calles y plazas plenas de historia en paraíso de enamorados…. ¡París!
Vuela mi recuerdo a días de abundancia de alegres sentimientos; pues juntos descubrimos el latir de ese corazón junto al Moulin Rouge agigantado por nuestro ensueño, ese brillante orgullo de gran capital
que nunca duerme, pero siempre sueña, sorprendida un cielo con llovizna que acompañaba nuestras risas, en carreras por avenidas y esquinas al amparo de cornisas y tejados.
Y nos apretábamos buscando el contacto de nuestros cuerpos con la lluvia como excusa solapada; te cubrí el cabello con pañuelo que al cuello llevaba; ella acariciaba con su mirada mi rostro enmarcado y mientras en las calles resonaban sirenas y atascos, éramos sordos a todo menos al batir de nuestro palpito enamorado; gotas de agua resbalando por nuestras mejillas acariciadas en labios tiernos de besos y cómplices sonrisas.
Y ya no hay sol. Tu sonrisa ya no ilumina mis días.
Llueve.
Lluvia en el cristal y sobre el mar en calma; horizonte que se nubla
en mis ojos y en mi alma, mientras una cálida frase de un glorioso pasado se hace presente en mí:
¿Siempre nos quedará París? No.
Siempre nos quedará el sentimiento de lo que somos y nunca más seremos.
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