Crepúsculo invernal, cae el sol y busco algo con lo que prender una cálida hoguera en mitad de aquel inhóspito paisaje, en mitad de la nada. Cojo mis recuerdos y los prendo, una humareda negra invade el lugar, comienzo a toser y me tapo los ojos.
Es fácil equivocarse, pero reconocer un error resulta más complicado. He pasado los últimos 365 días de mi vida, buscando un lugar nuevo donde empezar, y la única certeza que tengo es que no lo he hallado aún. He pisado mil caminos, pero tengo la sensación de que todos me traían hasta donde estoy. Llevo sentado en mitad del invierno toda una primavera, tengo los labios rotos y la conciencia en cuarentena, y es que entre tanto fuego no se distingue la palidez de mis pulsaciones, sístole y todo se va, diástole y todo vuelve a empezar.
Me resulta inútil intentar engañar al destino, el quiere llevarme a paso lento, a ritmo de piano y yo a veces pretendo saltarme capítulos. Soy tan irregular como mis letras, que empiezan y nunca saben dónde acabarán, pensé en el punto y final y todo son comas.
Tantas son las miradas que llevan en ellas los puntos suspensivos de aquel poema que dejé a la mitad, por falta de ingenio, por exceso de ganas. A veces tienes la idea pero careces de las herramientas adecuadas, ese fue mi error, saber qué, pero olvidar el cómo. Levanto la mirada y sólo veo copos de nieve, y yo aquí amarrado a mi fuego, sin querer salir a contar flores, dedicándome a escuchar los aullidos de la luna, y a restarle días al calendario.
Existe en mí el miedo a salir de aquí, anclé las emociones a este lugar y ahora me he perdido y no sé salir. No quiero que me rescaten, sólo que se pierdan conmigo, que escribamos una historia a corazón abierto, a la luz del fuego… aquí espero.
Sístole si te vas, diástole si vuelves a mí.
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