La última brisa del verano acariciaba las hojas que se dejaban pintar por los colores de un otoño cercano, y su sombra parecía querer marcharse antes que el propio sol. Su mirada se posaba llorosa en el horizonte, observando el extenso sendero escoltado por la puesta de sol. Recorrieron su olfato los aromas de su infancia, esencias de momentos fugaces… y quiso mirar atrás.
Lo deseaba.
No se había marchado y ya añoraba la humeante chimenea que dio calor a sus inviernos, las carreras sobre el verde, los pulmones llenándose de aire y vaciándose en cada carcajada, pura y reconfortante. El blanco de las nubes visto desde el espejo que fingía ser el arroyo… Pasaron por sus retinas todas aquellas imágenes, justo antes de girar el cuello, de girar su vida. No era un cambio agradable, era un cambio necesario. Siempre supo que el futuro era prometedor, pero desconocía que el pasado ejercería tal peso.
Cerró los ojos, se deslizó la lágrima más amarga por sus mejillas, cogió la maleta e inició su marcha, siguiendo a su sombra, dejando sus huellas en forma de adiós.
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